Relato 3: Presentes congelados.
Autor desconocido.
Quería regalarle un recuerdo hermoso. Algo que nadie más pudiese darle. Y a su vez, se encontró otorgando algo bello para ambos, un instante de perfección, un atisbo inmenso de pura felicidad. Si alguien le preguntase, sabría que podría decir con total certidumbre que en ese instante, amó.
Hacía frío y arrugó la nariz. La alarma sonó pero el cansancio era mayor. Trastabilló hasta la ventana mientras él comenzaba a notar su ausencia en la cama, y lo vio. Nevaba. Cientos de copos cubrían fachadas y suelos de aquella urbanización que siempre le recordaría a La Colmena de Cela. Cuántas vidas pasaban sin entender que todas estaban conectadas y formaban un núcleo.
A día de hoy, no recordaba otra nevada más que esa. El resto carecía de importancia. Decidieron tomarse el día libre y dedicarse el uno al otro, volvieron a la tibieza de aquella cama, a encontrarse en los brazos del otro. Y ella solo pudo alzar la mano y coger el móvil. Puso una canción. Su canción. Algo que era hermoso y que debía ser compartido. Y no le importaba si otras personas lo escuchaban, pues sabía que no podrían sentirlo igual. No tendría el mismo significado.
Alzó la mano una, dos y más de tres veces. La misma canción incansable, infatigable, mientras el pianista no esperaba propina ni les observaba con ojos juiciosos. Se amaban en ese instante. Y todo era perfecto. Finalmente se durmieron, como dos niños puros un día de nieve. Sin preocupaciones.Sin miedos. Nada importaba. Se tenían. Se amaban. Eran eternos.

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