Tempo de errar, tempo de sanar.

by - 20:38

- Y dime, ¿ cuál crees que es el siguiente paso?
- Pues.... empezar a pensar en mí. Lo que me hace sentir sola. Porque...en efecto, debería empezar a apreciar la soledad.


Tenía el dedo fijo en el botón de luz intermitente. Había notado como el metal frío se volvía cálido, y ahora...no sabía bien cómo sentirse. Esperaba, sin detenerse a meditar en ello, el modo de continuar. Quería que la vida le ofreciese otro camino, que las heridas no se cerrasen, sino desapareciesen. Desandar lo andado, no querer aprender de lo vivido sino olvidarlo. 
El suelo de baldosas bicolores era un inmenso tablero de ajedrez donde la sanidad mental nos ponía a todos en jaque. Diagnósticos difusos, recetas de drogas legales que ocultar a los demás, miradas que procuran no cruzarse, falsas orejas que escuchan, mentes que juzgan. Y clama una parte de ti que necesita ayuda. 

Un año. Ese había sido el plazo que había establecido en su psique. No inmiscuirse, relacionarse, juntarse, rejuntarse ni nada así con nadie. Bueno, no con nadie. Ella sabía cual era el objetivo y la dificultad de cumplirlo. Debía centrarse en sí misma, aprender a quererse, intentar aceptarse. Y aquello no era posible si añadía otra variable más a la ecuación.

Estaba en la calle, no había reparado en cuando había salido y el tiempo que llevaba caminando pero así era. Arrastraba levemente los zapatos y maldecía en su interior por querer placar la ansiedad con un dulce. Algo que engañe la sensación de satisfacción. Algo que le haga sentir mejor. Algo que se torne tibio en su interior y le llene. Sí, la comida era un gran sustituto al cariño, al menos a corto plazo.Luego llegaban los remordimientos y la culpa. 

Y no había llegado al año, y se encontraba inmersa en un nuevo retroceso. Estaba donde no debía, dudando de sí misma, odiándose, retrayendo sus sentimientos y preguntándose si eran reales. No tenía con qué comparar, solo la constante reprobación de no hacer lo que debía.

- Dos años. Necesitas dos años- Se dijo. Dos años para que las pesadillas cesen, para que esa necesidad se vea minada, para aprender a poner los pies en la tierra...

Cogió el camino más largo y se perdió por su ciudad. Apagó el teléfono sin poder apagar una parte de ella que no atendía a razones. Se tendió en la hierba y la tarde se hizo noche.

- Estás siendo de nuevo demasiado dramática.

Aquella voz no era algo interior. Reconocía aquella voz, pero no quiso girarse, no quiso mirarlo, no podía encararlo.

- Adopto una respuesta acorde a mis emociones, a mis sentimientos, a mi ser. Es algo que nace de mí y solo yo puedo conocer. No espero que lo entiendas pero sí que lo respetes.

-...

Ella no le escucho, supo que habría hecho otra de sus bromas, de las que suavizan la situación y pretenden restar importancia. Esos comentarios jocosos que le hacían daño en base a menospreciar sus sentimientos, su situación, lo que era ella.

Y sencillamente se incorporó y se marchó. Decidió que al menos ella misma sí se respetaría, se querría lo suficiente como para no esperar que otros lo hicieran. No había sido cuestión de tiempo, sino de abrir los ojos a los consejos que a otros siempre daba. No necesitaba aquello, pero siempre se necesitaría a sí misma. 

-Párate. Párate y deja de huir. Porque no huyes más que de ti misma, de la posibilidad de ser feliz. Te pones excusas, te engañas diciéndote que los demás son demasiado malos y que tú eres demasiado indefensa, y no es así. Sabes que no lo es. Eres más fuerte de lo que quieres aceptar, y puedes superar todo lo que estás amontonando en tu interior...- él la miraba sereno pero con dolor en sus ojos. Ella le importaba, estaba arriesgando, arriesgando su estabilidad, su felicidad, las posibilidades que perdía mientras estaba ahí para ella. - No eres justa.

Ella se mordió el labio. Sintió una punzada de llanto, esa primera llamada que te permite aceptar o no el llanto. Era fácil llorar en esos casos, pero no quería, no merecían eso.

- Tengo miedo de no saber hacer bien las cosas, de cometer los mismos errores, de caer en la irascibilidad por no afrontar que hay cosas que no podré controlar. Por no saber lo que piensas e inventarme cien finales infelices a una historia que ni siquiera a empezado.

- Te equivocas- dijo él alzando la mano y tomando la de ella- ya llevamos parte del camino andado. 

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1 comentarios

  1. El problema de los caminos hacia dentro es que perfectamente pueda ocurrir que nunca tengan final.

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