Declaración de intenciones entre las sábanas.
Su lado de la cama estaba frío, la sábana bajera había huido en medio de la noche hacia sus pies y se había enredado en sus sueños hasta despertarse.
Con los párpados entreabiertos, se negaba a abrir finalmente los ojos, entre la vigilia y la necesidad de perdurar ese instante de forma eterna se giró con lentitud hacia el otro lado de la cama. El lado cálido. El lado donde suceden las cosas buenas, afables, el lado de la cama en el que el pijama sobra y todo empieza y termina en un intimo abrazo. Arrugó la nariz contra su espalda e inhaló a través de la camisa, descortés y burdamente, quería sentirle, quería hacerle saber que estaba ahí, pero ni si quiera se inmutó.
Hay momentos en esta vida que rozan la perfección, pequeños instantes que no tienen que ver nada con lo material ni terrenal, si no que se nos antojan satisfactorios y es cuando podemos decir que somos felices. Varía entre unas décimas de segundo y varios minutos de éxtasis y frenesí; pero puedo decir que en esos momentos, la felicidad estaba toda almacenada en la sonrisa comedida y burbujeante que ella escondía tras su espalda.
Y él sabía que ella estaba despierta, y notaba su piel, su olor, su esencia rodearle. Y simplemente cerraban los ojos y se hacían los dormidos con miedo a que el otro detuviese aquel instante para siempre.
Ambos eran dos extraños pero compartían ese secreto, ese algo inclasificable pero propio. Aquella sensación de paz que podían transmitirse tan solo a través de algo tan íntimo como era abrazarse, dormir juntos, besarse. La opinión de cosas banales e intrascendentales como el coche que les gustaría tener, o el estilo de amistades o de vestimenta que les confería y agradaba perdía toda relevancia.
Allí, usando una camiseta vieja de él, envuelta en su calor bajo el amparo de la colcha entre aquellas frías paredes, bebiéndose el aliento ajeno durante toda la noche, era cuanto podía desear.
Antes que él, y no necesariamente mucho antes, había tenido momentos así, y tan solo terminaba escurriéndose entre la incomodidad de un brazo ajeno y la almohada arrugada para no volver la vista atrás. Pero con él todo era distinto, de él no quería huir. Y cuando de la mano la acompañaba a la puerta, siempre sentía que aquella podía ser la última vez. Y le besaba por tanto como si la vida le fuese en ello, fugazmente y entregándose por completo aún cuando no le amaba, aún cuando aquello no era amor; porque fuese lo que fuese..le hacía feliz, era un todo, y por ese todo..valía la pena perderse.
Y es que nunca nos podemos arrepentir de haber sido felices, y de él solo recibió cosas buenas, y en su ausencia la necesidad se tornó afilada y angustiante, pero no por él, si no por su omisión, por su vacío.
1 comentarios
Solo puedo decirte que en cada palabra escrita y en cada letra leida, solo sentia verdadera sinceridad y amor. Me ha gustado mucho y agradezco poder leer cosas tan inspiradoras como esta. Solo me queda decirte, gracias por escribir tan bien :)
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