Aguas Turbulentas
Cuando las cosas suceden de forma imprevisible y espontánea, Daisy Salmon siempre optaba por hacer un rodeo y no enfrentarse a ello. Sencillamente admitía la derrota de las posibilidades y se concedía una ligera pausa para volver la vista atrás, ladear el rostro tenuemente, y poder pensar en qué podría haber sido.
Cuando aquella mañana de domingo, Daisy Salmon despertó, no era consciente de que era el comienzo del fin. No estaba siquiera en su propia cama, y tras unos largos segundos en los que pudo deslizar su antifaz sobre el pequeño rostro, contempló borrosa una habitación ajena donde la luz se filtraba tras las cortinas de una ventana cercana. Tanteó con cuidado el mobiliario difuso y anexo hasta dar con sus gafas, que con una precisión estudiada puso sobre la pequeña nariz respingona. Era la habitación de un niño, juguetes y muñecos se encontraban a su alrededor, y entonces recordó, y una pequeña sonrisa tambaleante reforzó aquel esclarecimiento, cuando a trompicones se adentró en la habitación.
Es bien sabido que el placer de la vida reside en las pequeñas cosas. Hacer rebotar un guijarro en un río, probar el primer helado del verano o ver el atardecer con alguien querido. Daisy Salmon había dedicado su corta vida a desarrollar esa pasión por las pequeñas cosas, a falta de un destino que implicase grandes hazañas. Acarició la cabecita rubia del niño e inhaló el olor a bebé sin poder, ni querer, reprimir una sonrisa. Aquel no era su hogar, pero lo sentía propio.
Incorporándose con suavidad, guiada de la mano por el pequeño, la mañana fue trascendiendo. Fugaz, rápida, especial pero cotidiana. La mirada atenta de su mejor amiga Sally no le pasaba inadvertida. Habían aprendido a cuidar la una de la otra, quizás no día a día, pero sí sabiendo perdonar las ausencias y aprendiendo a pedir perdón. Daisy sabía que ambas cosas eran importantes y esperaba nunca llegar a ser tan altivo como para olvidarlo.
Sally era despreocupada aparentemente, informal y dicharachera. Canturreaba mientras preparaba el desayuno con un ojo puesto en lo que hacía y el otro en los suyos. Sally era madre antes de que el pequeño Mike apareciese en sus vidas.
A Daisy le gustaba recordar la primera vez que durmió en aquella casa, tiempo atrás, y cómo Sally le había contado un cuento antes de dormir. Ninguna tenía edad para ello, pero fue puro y especial. Solo eran dos desconocidas que empezaban a compartir sus vidas y aquel sentimiento que ella dispuso en el corazón de la joven Salmon, supuso un precedente, un remanente al que volver cuando las cosas no fuesen tan sencillas, si es que alguna vez lo son.
Y allí estaban, sentados juntos, admirando la calma y la tranquilidad de una mañana. Juntos. Daisy sintió que no podría pedir nada más, no por egoísmo, sino por falta de necesidad.
Daisy Salmon no se consideraba protagonista de su historia, ni de cualquier otra; era sencilla y llanamente el perfecto papel secundario, la eterna amiga,la confidente que alienta y protege, la hija y nieta plausible. Y quería ejercer su papel como era debido, sin prerrogativas ni cancelaciones. Estar para los suyos era lo importante. Más que estar para sí misma.
Es por ello que cuando al ir a dormir aquella noche, Daisy no pudo evitar sonreír. El día había sido una pequeña aventura, explorando mercados y diversos lugares, procurando variar su rutina y compartiendo risas y confidencias. No siempre había sido así, no siempre los domingos habían tenido ese cáliz especial, pero Daisy era más ella misma que nunca. O eso se repetía confiando no poder abarcar más.
La pequeña luz parpadeaba, pidiendo permiso, queriendo adentrarse en su vida, y ella sonrió sin más. Aquel momento le hacía feliz. Quizás no los siguientes pero sí aquel. Ladeó la mano y dibujó un patrón sobre la pantalla azulada hasta que pudo leer las palabras que la distancia le traía.
Era el momento de seguir nadando.
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