Últimas palabras
Se preguntaba cuánto durarían los "para siempre". Sabía que en este mundo todo tenía fecha de caducidad. Incluida la comida espacial. Lo había buscado, y sintió cierta decepción cuando encontró aquel fallo en su sistema. Nada era imperecedero.
Siempre había vivido en el mismo lugar. Hasta que dejó de hacerlo. Y cuando creyó que comenzaría a ser una persona diferente, con distintos caminares, o incluso con una sonrisa nueva, descubrió que ella seguía siendo ella. Y se paró lo suficientemente quieta como para que su sombra pudiese envolverla.
Emily Dubois jugaba a hacerse llamar Émile, sin que nadie alcanzase a entender el por qué. En aquel lugar, alejado de toda civilización más allá del Tesco y la autovía que llevaba a la ciudad, y se atascaba de lunes a sábado, ella jugaba al engaño.
Había creído amar anteriormente. O quizás lo hizo, ahogada en la ignorancia de quien quiso encontrar lo que echaba en falta y no sabía nombrar. Y su búsqueda se convirtió en un listado de nombres tachados, fotografías guardadas en cajas de madera que antaño guardaron cigarros.
Eran sus víctimas, aunque ella había salido peor parada durante sus andares, pero no en la despedida.
Émile tenía un toque peligroso, dulce y de fondo amargo, como si sus labios estuviesen impregnados de cicuta. El efecto era similar, conseguía lograr la parada respiratoria y alcanzar la fibrilación ventricular. Como si con un simple beso pudiese alejar el aliento y acelerar el latido, creando la falsa conmoción del amor. Y era entonces cuando todo estaba ganado y a la vez perdido.
Aquella mañana, caminaba entre los escombros de lo que fue un viejo edificio. Quedaba un paredón de ladrillo que generaba una larga y delgada sombra, sobre la que se refugiaba del sol estival. Llevaba su sombrero de ala y el cabello trenzado, aún húmedo desde la mañana; una camisa con los puños doblados que en algún momento le fue legada, y unos vaqueros cortos y rasgados, que quedaban invisibles bajo el faldón del blusón, y mostraban sus finas y blanquecinas piernas. Diseminados cardenales de viejas batallas a las que no sabría ponerle nombre, sus pies quedaban resguardados, finalmente, por unas botas de cordones alargados, que daban varias vueltas a sus tobillos, amarrándose a la vida. No era bonita, no como un propósito que pudiese alcanzar o perseguir cualquier fémina. Émile simplemente era. Y eso la hacía única.
Quizá por ello, no le sorprendió cuando con un dedo alzado y señalando, se encontró con su destino de nombre incierto. Como si de un arma se tratase, la mano apuntaba hacia ella, mas el peligro evocaba, centímetros atrás, de los ojos que la observaban. No poseían malicia, aunque sí más de un secreto. La luz se reflejaba contra ellos, haciendo que el brillo del sol fundiese su interior. No pestañeaba más de lo necesario.
Solo apuntaba, mientras la sonrisa sentenciadora emergía letal.
- Ejecutadme y apuntad bien al corazón- dijo con voz altanera y la barbilla alzada Émile.
Y él, solo pudo ladear el rostro y sonreír, dando un golpe certero, con el efecto necesario, como para retirar a aquella célebre criminal, de romper más corazones que no fuesen el suyo propio.
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