Embustes y ensoñaciones

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Sin saber bien cómo, había empezado a hacer listas. Listas para todo. Para cosas que, lamentablemente, se había convencido que nunca llegaría a hacer.

Nunca antes se había planteado algo semejante. Así que el momento en que la madre de Fran entró en la habitación y la sorprendió inventando un modo de ver cómo se vería si la observasen desde arriba, la vergüenza recorrió su rostro, y su madre cerró dando un pequeño portazo, pensando que había sido testigo de algo peor que lo sucedido ante semejante reacción.

También le preocupaban trivialidades no tan nimias como si usar pantalón o falda, o incluso quizás vestido. Si llevar tacones o no reparar en la distancia que podría haber en aquellos 34 centímetros. En si llevar el pelo suelto, lo que le haría tener las manos en constante movimiento o un recogido, lo que alzaría el rubor de sus mejillas al pensar que su rostro se mostraba demasiado descubierto y orondo. 

El donde ir, el si sabría su voz salir o quizás tendría que reparar en ser comedida y callarse. Sentía sus rodillas temblar ante las posibilidades y luego el labio temblaba cuando al irse a dormir, sabía que todo aquello no era más que un simple placebo para sus ilusiones, fantasías que hacían pasar los días pero que nunca llegarían a buen puerto. Embarcada en semejante cuento, París se le antojaba tormentoso, sin querer volver a oír sobre más embustes sobre aquello que, recurrentemente, era designado como amor. 

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