Balada en solitario
Henchida dolencia que marchitas mi sino,
fútil pesar que tornas todo pueril angustia.
Herrumbre que emigra, que manas cual néctar,
presa del abandono, de igual manera, te veo marchar.
Vacío colérico que desportilla mis mejillas resecas,
torrentes de lágrimas que vuelven todo árido.
Ven. Ven en medio de la noche, ósculo en mano.
Sé el mensajero de mis miedos y la calma del verano.
Afronta la afrenta y enfrenta lo que te ofrezco,
no es pequeño, ni nimio, pero no traigo más conmigo.
Puedo ser tanto y a la vez tornarme exiguo y menguado,
barro y huesos deslizándose entre las sábanas del pasado.
Puños blanquecinos y doloridos aún sin marcar los golpes,
el aire cargado de la tensión entre la lágrima y la ira,
cae todo pisándose los pies bajo un diapasón parado,
no hay balada más triste que la que bailo en solitario.
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