A cuarenta de mayo.

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Acaricio la necesidad de huir, la premura que me mordisquea los labios y remueve el pulso. Ya viene, ya va. No está aquí para quedarse, me digo, y entonces consigo exhalar. 

A cuarenta de mayo llegaste, pero no te vi llegar. Me has tenido en vela desde entonces, con la dubitativa pregunta en mente de que si preciso acaso soñar. No sé a cuántos veranos huele tu piel, del lado de la cama que te recoge cada noche o si amaneces en el mismo lugar. No sé muchas cosas que creo, que dudo, que llegue a averiguar.

Vacío palabras, inminentes a la llegada de tu sombra. Qué mejor forma sería esta que la del preámbulo a verte marchar. Y no pensar en cómo apareciste, sin ser llamado, con una sonrisa que no conozco en los labios, con los colores salados del mar que muere entre los bosques, o renace si eres poeta y reniegas de ese desenlace, enterrados en tus orillas. Eres continente inexplorado, y aquí estoy, quemando mis barcos antes de que sea tarde. O pronto. 

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