Subterfugio de enero
Mi vida es un viaje en carretera a medianoche, salvo que no sé bien cuándo voy a llegar, ni a dónde.
En algún momento, mi depósito -que debía estar lleno- me asaltó con alarmas y colores, de que así no llegaría muy lejos. Fuese a donde fuese. Pero sigo por ahora, aprovechando los coletazos de suerte. Como si viviese de prestado ante un acopio de emergencia, eso que guardas en tu interior sin saberlo, y te mantiene viva cuando todo juega en tu contra.
No tengo una lista propiamente dicha de deseos para este año. Creo que, llevo alimentando el remanente de todos los anhelos no tachados con el devenir del tiempo. Como si el tiempo pusiera todo en su lugar, cuando sencillamente nos hace más flexibles ante la aceptación de no cumplirlo en su totalidad. Madurar, ¿eh?. Creo que aún no he llegado a esa cuestión si supone rendirme ante la tentativa de ser feliz.
Apretar el paso, presionar los dientes, comprimir los puños. Constreñir el alma susurrando una plegaria. Anhelar la caricia gentil del cosmos. Como si el inmenso orbe pudiera residir solo en la mirada de un extraño que, al chocar con la mía, pudiera ofrecer cierto amparo. Mis deseos son tan fuertes y puros que a veces, onhíricamente, los vivo y alcanzo.
No se conducir, pero improviso. Porque quedarse parada fue una opción que agoté ya hace tiempo. Podría alimentar mis desavenencias y carencias con desconocidos, repostando en medio del arcén, ante el amparo de lo incierto. Que devoren cuanto quieran y dejen un rastro de calor tras ellos. Pero la vida es acre y ese calor es yermo y helado. Y ellos no son tú, mi oxímoron soñado. Sí, te he confundido, enmascarado e incluso blasfemado al conferir a otros lo que es tu nombre, lo que conformas aún sin ser. Pero nos has convertido en apóstatas del amor en este tibio invierno, acechando a la providencia por un subterfugio que nos pueda acercar.
Te reto pues, a dejar de emigrar de mis emociones y tornarte real, eterno o perenne.
0 comentarios