The passenger.

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Era la mente del asesino cubierta de satén. Era la cadencia implícita en unos muslos entreabiertos en un vagón de tren deshabitado. Era una puta perversión que te podía rondar la cabeza durante días y mantenerte insomne, a la espera.

Esa mañana me había levantado relativamente temprano. Y tras tantear el suelo atisbe las zapatillas de deporte y me perdí por la ciudad, a mi vuelta allí estaba, pegada a la puerta de mi maltrecho apartamento, con el bolso en el regazo, tendida mirándose la punta de los cabellos. Y mi cerebro anheló su olor dulzón.
No me hizo falta invitarla. Era puro descaro aprendido de ídolos televisivos y viejas reposiciones de tiempos mejores. No debería estar allí y yo debería estar buscando trabajo. Pero yo soy un perdedor y ella una diosa virginal con una boca prohibitiva. Y claro está, no la iba a echar.

Quizás era demasiado pronto para una cerveza pero ella no censuró mi decisión ni tomó parte alguna. Se quedó sentada en el borde de la cama mientras yo buscaba mi respiración tras el ejercicio. Quizá con los calzoncillos que perdí la última vez que se pasó a verme.
No era habladora, y eso era algo que me gustaba de ella. Era inteligente y reservada, y no tenía esos remilgos ni pajas mentales sobre el romance y el amor. Ella venía a por lo que quería, y luego seguía con su vida. Era el chollo que todo hombre espera y que yo encontré en la sección de congelados de un Wallmart.

Llevaba aún el uniforme de clase y mi conciencia hizo un amago de hacerse notar mientras yo me aflojaba el primer ojal del pantalón. No necesitaba fingir caballerosidad con ella, no después de las veces que había recorrido la carretera de su piel. Pero allí estábamos de nuevo, cara a cara, sorbo a sorbo, bebiéndome su mirada mientras ella estaba distraída en mordisquearse los labios.

¿Os he dicho que adoro su boca? Y no solo es por la funcionalidad que puede aportar, si no porque se entregaba por completo y luego volvía en sí evitando posibles arrepentimientos. Era dulce y entregada, salvaje y apasionada, y sus besos eran proyecciones de algo que me había perdido en su momento y que no sabía no cómo pedir u obtener. Estar con ella era rozar el cielo.

Me quedé de pie ante ella y ladee el rostro esbozando una sonrisa seductora que a ella solo la provocó una carcajada. Pero se movió. Yo siempre le daba pie y ella tomaba las riendas, y a ambos nos satisfacía y convenía. Se incorporó y dejó la chaqueta pulcramente doblada en la silla.
Tenía el distintivo de un buen colegio, de esos que forman al verdadero futuro del mañana y no lo que generalmente ves por las calles con sus rostros llenos de acné y un brillo en los ojos que se irá borrando. No, ella iba en el camino al triunfo, y yo era su pequeña parada para obtener cierto desasosiego.
Me quité las zapatillas presionando en los talones y haciéndolas a un lado. Sus manos finas y esbeltas tiraban del bajo de la camiseta hacia arriba demorándose en rozar mi piel. Y su olor estaba lo suficientemente cerca como para que mis dedos se enredasen en sus cabellos y tirasen con apremio. Sí, besarla era el puto cielo.

Continuará.. (?)



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