Al frío ocaso.

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Al frío ocaso, cuando los surcos de la arena perdieron sus tonos tostados y el gris alcanzó la sombra del horizonte, no pudo sentir más que decepción. He ahí la opulenta puesta final del astro rey, de la sucesión de actos, de la magnificencia de las palabras hechas verso.

Cuando la noche llegó, ella no aguardaba para esperarla. Con paso rápido hundiendo sus pies descalzos sobre los granos que conformaban aquella marisma sin color, la playa se volvió duna y los matojos de hierbas secas empezaron a azuzar sus piernas, a acariciar sus recuerdos desencadenando la bestia del llanto.

Le había esperado tanto tiempo. El llamado verano del amor no llegó, y ella se conformó con el placebo que se le ofertaba, barato, pusilánime y de sonrisa traicionera. Y sabía que ello no supondría cura alguna para su desesperanza, pero aún así, sin agua y exhalando cuanto convencimiento le confería del concepto de amor, tragó sintiendo el desazón de aquella creación sin sabor más que la acritud de una fecha caduca rotulada en su frente.

Es curioso como una creencia,una idea , puede enquistarse cual espina y perdurar con el paso del tiempo. Mientras recogía sus cabellos, cazados furtivos en su huida hacia la rosada mejilla, alzó los ojos y suspiró. Nada. No había motivación alguna más alentadora que el final de aquella búsqueda que se antojaba eterna.
Dulce y áspero, encarnado en un tramo de su alma donde no conseguía llegar ni el jabón ni el tiempo, ella seguía siendo inocente y pura. Aquella parte de sí misma jamás era entregada, no había profanación alguna pues no sabía si quiera como alcanzar aquel tesoro efímero, que sería salvaguardado a salvo, incluso de ella, mientras no tuviese duda alguna de su existencia.


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