Al alba en Madrid.

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Era acre, amargo, era un sabor ajeno que había acabado embriagando por completo sus sentidos y ahora no sabía como deshacerse de ello. Salió trastabillando entre rostros desconocidos y miradas curiosas; fumadores que se apilaban en la calle, cercanos al calor que emanaba del exterior, y ella, que no reconocía aquel lugar como propio, aunque a veces todos necesitamos perdernos para encontrarnos.
El suelo adoquinado, bajo la luz anaranjada de las farolas mojadas por unas copas mal echadas, ofrecía una visión distorsionada del camino de baldosas amarillas. Y sin compañía alguna comenzó a caminar sin rumbo fijo, siguiendo su propia sombra parpadeante y acariciando con la yema de los dedos el revestimiento de losa y piedra de las paredes. Con los ojos entrecerrados, el frío refrescaba sus mejillas que al pronto se tiñeron de un ligero rubor; mientras, su cuerpo recordaba lo que era el frío de febrero por las calles de Madrid.

Anna era y fue lo que a día de hoy sigue siendo, una marisma de emociones, que sin contemplaciones te abordaban al conocerla. Era un torrente continuo de sonrisas y llanto, de complicaciones y aventuras, de buena fe y de un egoísmo que se podía permitir uno perdonarle. Pero siempre volvía sola a casa, por muy amables que resultasen las noches de andanzas y desventuras.
Sus faldas nunca eran demasiado cortas, ni su escote excesivamente provocativo, daba tregua a una guerra de sexos, que había durado demasiado, considerándose independiente de sus emociones, las cuales nunca tenían en cuenta sus razonamientos en consecuencia acabando colgada del brazo de cualquier mendigo del amor.

Se apoyó en el respaldo de uno de los escasos y viejos bancos de madera acompañado de vasos vacíos y el eco de lo que horas antes fueron festejos. Recordaba a Paul, y sus maneras, el cómo le temblaba inquieta la mano y solo encontraba un pequeño remanso de paz al entintar su piel de vergüenza. Aquello no duró mucho, pero fue bastante para que se odiara. Luego vinieron Josh, Victor, y una lista de nombres que ya no sabía ordenar. No, aquello tenía que parar, se dijo.

Se incorporó mientras el aliento formaba pequeñas volutas de humo ante su rostro, y mantuvo el paso, más seguro y afianzado, mientras tarareaba una canción que no sabía reconocer, cuya letra variaba según el momento pero que siempre estuvo ahí.

Las calles desiertas que de día conformaban una jungla resultaban un paradigma hermoso, cerro los ojos e imagino cuántas almohadas serían abrazadas esa noche, mientras rostros serenos confiaban sus sueños a su conocida discreción, cuantos dientes protegerían en vista de un trueque jugoso y beneficioso para el niño portador, cuantas albergarían lágrimas de desconsuelo, manchadas por el maquillaje que horas antes era tildado de hermoso.

Y entonces sucedió, ese momento mágico en el que el horizonte se torna azul y grisáceo, donde el rosa pide paso para entrar en escena saltando sobre el naranja ocasional, donde el farolero aún no sabe cuándo apagar el interruptor y nadie sabe decir si es de día y de noche..porque están demasiado maravillados viendo al astro rey aparecer vibrante, intenso, comprometido con su empresa.Y la calma embargó la pequeña aura de Anna provocando ese estado de bienestar, de sentirse conectada con el mundo que le rodeaba, como si comprendiese un plan divino y el porqué de todas las jugarretas de la vida.

Anna sonrió, y nada más importaba.

Y es que no debemos olvidar que la noche se torna más oscura cuando más cercano está el alba.

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