Otoño tardío.
Cuando la primera hoja del gran castaño se precipitó danzarina contra el vacío. una corriente de aire frío decidió marcar el comienzo del otoño a la par. La envolvió y comenzó una andanza singular hasta pararse con el zapato desatado de Suzie.
Siempre hay un dicho, un refrán, que se apodera de nuestros pensamientos, como si narrase nuestra historia, se vuelve propio, personal e íntimo. En el caso de Suzie era que " Todo tenía un momento y un lugar" y si algo no sucedía cuando era esperado...es que claramente no tenía aún por qué llegar a pasar.
Se detuvo y miró el reloj. Supo que aquel momento era importante, y pretendió fingir, engañarse, de que podría recordar en la posteridad aquel bello momento. Lo curioso es que lo haría a pesar de no ser precisamente por sus motivos.
Suspiró y finalmente se decidió a atarse los cordones mientras el trajín de caminantes apresurados daba algún empellón a su menudo cuerpo; hasta que el sol, que caldeaba ligeramente su espalda se tornó en una sombra etérea, marcada sobre la calzada y que parecía observarla. Llevó la yema del dedo al asfalto y bordeó su perfil hasta volverse y encontrarse con una persona parada, envarada ante ella dándole la espalda con los brazos cruzados sobre el pecho, como si aguardase algo que ella no sabía atinar a adivinar.
Tomó la hoja tostada, rojiza por las puntas, rememorando, entre las vetas de sus colores, el verano pasado; y sonrió al intentar ser consciente de cuántas historias debía haber presenciado y que calladamente guardaba sus secretos hasta toparse con el invierno.
Se llevó aquel remanso de paz y de sabiduría al bolsillo y entonces giró sobre sus pasos hacia el desconocido y le tendió la hoja adjunta a una sonrisa sin firmar. Aquellos ojos le observaban, pero no le juzgaban, mientras seguía estático junto a ella como una fortaleza.
Entonces ella comprendió y un pequeño brillo en los ojos pareció destellar mientras se recolocaba los cabellos con nerviosismo. Aquel joven, de forma altruista estaba recibiendo cada golpe, cada pisotón, sin saber quién era ella, estaba permitiendo que ella disfrutase de ese momento, sin llegar a albergar la idea de cuan perfecto podía ser para su atípica mente.
No hicieron falta presentaciones, ella lo sabía, y él quizás lo podía intuir. Solo necesito ordenar las palabras precisas que flotaban en su cabeza mientras guardaba en el bolsillo de su chaqueta la pequeña hoja cobriza.
A partir de entonces, ambos se dedicaron a coleccionar y recolectar otoños.
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