Landslide

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Ella nunca supo escoger el momento oportuno para tomar su mano y apretarla con sus finos y alargados dedos. Él siempre se mantenía lo suficientemente cerca como para atisbar el perfume de ella, pero sin poder perderse en la marisma que emergía de su pelo.

Ella, llevaba zapatos oxford con el final de los cordones quemados. Calcetines de borla, como si fuese siempre domingo. Y él, él no podía evitar tararear canciones de Morrisey mientras secundaba su paso, como si fuese una sombra fiel, como si el mundo no les hubiese hecho suficiente daño.

Funambulista de una vida desarraigada, Juliet Momoch, sentía que la vida era una cruel broma de un poder superior, obligando a cuantos caminaban por sus hilos invisibles, a caer sin red, cegados por el foco anaranjado del miedo al fracaso. La desazón que le producía la futilidad de sus posibilidades solo era comparable a las probabilidades de sobrevivir a un verano más en aquella juventud desaprovechada.

Philiph Renont, de profesión soñador, caminaba siempre descalzo por la explanada del viejo cementerio de las afueras. Nadie lo transitaba, nadie lloraba ya por sus lápidas cubiertas por musgo, nadie llevaba flores a los que en vida no se pararon a oler su perfume. Pero un manto de verde césped cubría siempre aquella dulce mentira. No había paz en un pueblo como Wichita Falls.

Antes, solía caminar cerca del puente de la interestatal. Kansas era un lugar de palurdos y pequeñas Dorothies descarriadas, pero no el suyo. El prefería ser mendigo de un hogar que aún no había conocido pero sí aprendido a extrañar.

A nadie podía sorprender que el día que Juliet y Philiph se encontraron, olvidaron lo que era vagar en mera soledad.
Él tapaba sus silencios con dulces canciones que ella entonaba al llegar a su habitación, cuando la noche acaecía y no podía seguir vagando secundada por él. Él no lo sabría, no debería saberlo. Perdida en sus emociones, solo había sabido quererle desde el momento en que él alabó su pelo.

Las chicas deben llevar el cabello largo, pulido y brillante, con adornos y florituras. Juliet había aprendido que estaba más cerca de sentirse ella misma cuando enfundaba las viejas tijeras de su madre contra su cabello, y dejaba que ese flequillo tupido y azabache se dejase entrever, mientras los mechones caían y sus ojos se hacían más brillantes. Juliet no quería ser parte de una expectativa. Necesitaba ser real.

Philiph siempre llevaba sombrero. Su abuelo le había enseñado que era necesario para un caballero tener la posibilidad de descubrirse ante una dama. Cuando conoció a Juliet, entendió al fin la necesidad de llevar esa prenda al pecho y buscar, fuesen cuales fuesen, algunas palabras.

Cuando Philiph conoció a Juliet, descolgó su calendario de la pared y puso una foto que le hizo, cuando ella no miraba, cuando era más hermosa. Cuando Philiph conoció a Juliet, el tiempo dejó de tener relevancia, ahora...contarían momentos.

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