L' heure française

by - 23:16

Todo empezó con un je ne sais quoi mientras con la mirada perdida tecleaba en su ordenador en busca de algo que llenase sus vacíos. 

Había aprendido a caminar secundando sus pasos con decisiones que le hiciesen feliz. Pequeñas cosas. Cosas puntuales y sustanciales que incidían en su día a día como el refuerzo necesario para salvaguardar el brillo de sus ojos. Un girasol. Un ramo de molinillos de viento que poner en un jarrón. Tomar un helado antes de comer. Caminar hasta la madrugada solo por el placer de caminar. 

No es sencillo el encomendarse la tarea a uno mismo de ser fiel a sus principios. Es más sencillo regañar los desaciertos ajenos que hacer frente a los propios desatinos. El instinto, esa voz interna que puede guiarnos y perdernos. Ese gran olvidado había hablado tantas veces que había perdido su lexía hasta ser un silencio que aguijoneaba enfadado ante el desdeño de su trato. 

Y así se había embarcado y embaucado. Hecho y deshecho. Y finalmente vuelto con el rabo entre las piernas y los pies doloridos por los tacones. Le había faltado una palabra. O quizás la paciencia para esperar por esta. Cuando quiso darse cuenta no se supo decidir. 

Todo terminó mientras escuchaba Ne me quitte pas tendida sobre el parqué anaranjado del salón, con una taza de té negro con dos rodajas de limón. Miraba el destello del vaso sobre las paredes blanquecinas recordando algo que tiempo atrás había tenido sentido. Pero ahora quedaba lejano, pesado, vago a la memoria y al corazón. 

No sabía decir si había sido bonito, pero sí breve. 

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