Un elefante en una cacharrería
Es bien sabido que, todo niño al nacer, trae consigo algo bajo el brazo. Grandes observadores y filántropos han dedicado su vida a tratar de discernir e investigar en contra de la grave corriente que inducía a pensar que los infantes venían al mundo con un chusco por compañero cuando en sí el ente, de naturaleza acompañante, es más variado.
Hay niños que dimanan con flautines o violines. Sus padres, orgullosos comprenden el proceder que deben tomar, y otros reniegan de lo natural y obvio y procuran disciplinar, como si se tratasen de una planta lánguida necesitada de un tutor o guía y un balón pudiese enderezar los sueños frustrados de su progenitor.
Otros, por el contrario, nacen con objetos de idiosincrasia más señera. Nace así la historia de Aba y su llave.
Aba había recorrido mucho en poco tramo. O es tal y como se sentía. Había logrado viajar menos de lo que se había propuesto. Pasó su niñez ensoñando cómo un día dejaría todo atrás y no volvería más que para recordarse que en aquel lugar no había sido feliz. Pero allí seguía. Chocando con las mismas piedras, contemplando el mismo horizonte que burlonamente envejecía a la par que ella, como si compartiesen momentos más allá de la futilidad de lo etéreo.
Aquel devenir le resultaba vacuo, agravando la sensación que yacía en su pecho. En esos momentos, Aba se abrazaba a su llave. Apretaba sus manos, tornando sus nudillos blancos y sintiendo el metal dentado clavarse en la palma de su mano. Las líneas de esta habían ido creciendo y formándose en base a las estrías del propio llavín. Las sienes palpitaban, conteniendo tras de sí la necesidad de llorar que no terminaba por aflorar, como si debiese perseguir el propio sentimiento para poder desatar la emoción, Y entonces, llegaba, a través de la primera lágrima. El primer sollozo conformaba una cerradura perfecta, la aldaba que casaba con su llave y conducía al interior de Aba.
Hay sensaciones características que afloran en emociones dolorosas. El temblor en el pulso cuando deseas tomar la mano de la persona junto a ti. La sapidez de los pulmones al vaciarse exhalando aquel que parece el último aliento. Las punzadas en los ojos al retener el llanto. O la última mirada, tratando de ver en la otra persona ese alguien que ahora se antoja como un extraño.
Aba coleccionaba todo ello, las emociones vividas de relaciones que no habían marcado en su vida más que un capítulo en una catalogación emocional que ofrecía una disyuntiva frente a la divergencia entre expectativa y realidad. Aba sabía lo que podía soñar, pero no lo que podía llegar a sentir. Por tanto, generaba un inventario de aflicciones y pesares, de evocaciones y suspiros.
Y cuando estaba sola, cuando sentía el mundo temblar, se colaba por el agujero de la cerradura para codiciar lo negado.
Y cuando estaba sola, cuando sentía el mundo temblar, se colaba por el agujero de la cerradura para codiciar lo negado.
Por tanto, a nadie podía no extrañar el curioso día en que Aba colisionó con la imposibilidad de Vanya. O quizás de cómo se adentró más allá de lo tangible para pasar de ser un efímero e innombrable deseo a un enigma tangible y ambiciado.
Quizás no fue astuta ni precavida, y dejo mal cerrado el umbral de lo subjetivo, pero cuando sintió la necesidad de retornar a lo que sentía propio, la anarquía había anidado en su interior.
¡Nada estaba como debía, ni sabía cómo debía estar! Era confuso no comprender ni recordar, ni sentir como propio aquel lugar. Las remembranzas se encontraban encharcadas, diseminadas, emborronadas por el suelo mientras la música estridente colisionaba con las paredes de su pecho de forma arrítmica y cambiante. Era doloroso y a la vez sustento de un nuevo placer. Una jungla se formaba, erigiéndose bajo sus pies mientras se sentía encoger, Alicia en un país nuevo e incierto, sin chapines con los que golpear deseando protección alguna.
Dio un paso incierto, retrocediendo mientras se sentía disconforme con su propia elección. Mas cuando quiso retroceder otro, no pudo. Aba sintió como una mano se aferraba a la suya, con fuerza, con tesón. La mano condujo a esta hacia el borde de un abismo, un precipicio erigido por su propia obstinación, la entrada emborronada y difusa, el emplazamiento invisible al cual nadie había podido llegar. Y se asentó. Ruidoso, dominante y obstinado. Orgulloso, testarudo y tirano. Reclamó e hizo suyo sin miramiento alguno.
Vanya había nacido con algo para lo que Aba no estaba preparada: el caos que rompió cada esquema, gozne y cimiento de su interior, cada recuerdo inútil preservado, cada recapitulación de lo que no pudo ser. Aba no volvería a ser ella misma, ni Vanya el que fue.
0 comentarios