Niño o adulto

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De niños crecemos esperando el momento de ser adultos. Para un niño, ser adulto es ser cuanto se quiere y cuando se quiere. No estar regido por normas que no entendemos y dejar de subyugar nos por el dedo alzado de un adulto furioso. 
Me pregunto pues, cuándo dejaremos de ser niños, o cuando volveremos a ser lo.

Ser niño es soñar, con los brazos extendidos y sin miedo a rasparnos las rodillas. Hasta que nos dicen que debemos tener miedo a esa libertad, miedo a salir heridos, miedo a no alcanzar esos sueños. Y cuando creemos que hemos alcanzado esas convicciones, nos dicen que somos adultos.

Ser niño es no hacer equilibrios en la cornisa de la acera, es dejar de ponernos flores en el pelo y colocarlas en jarrones, es dejar de ir de la mano de quienes queremos para hacerlo solo de quien socialmente aceptamos como pareja. El querer deja de ser relevante, el juego pasa a un plano infantil y la belleza del mundo a mera apariencia que conservar.

Ser adulto son responsabilidades y deberes. Pero de niños nos piden tanto o más. Debemos ser obedientes y sumisos, complacientes y cariñosos, joviales y traviesos en esa cierta manera que hace que la niñez siga siendo algo circunstancial o tangible.

Ser adulto viene con miedos, miedos diferentes de mirar bajo la cama o dentro del armario. Miedos que no tienen que ver con prender la luz de la mesita de noche hasta que el sueño o abrazarnos a la almohada o peluche buscando consuelo. Adultos y niños tenemos el mismo miedo, miedo a ser abandonados.

Recuerdo aún cuando lloraba desconsolada por la ausencia de mi madre. Siempre volvía, tarde pero volvía. Pero un día dejo de volver. Se volvió una mujer cansada, hastiada de la vida, o quizás...tan solo dejé de ver en ella la madre que esperaba que fuese.

Ser adulto no me ha hecho dejar de tener ese miedo, así que no sabría decir si sigo siendo un niño. Hago equilibrios y me coloco margaritas por el pelo. Salto en los pasos de cebra y doy vueltas a mi paraguas al apoyarlo sobre mi hombro. Tomo de la mano a mis amigos siempre que el miedo no hace estragos en mi, y es entonces cuando el apretón al otro lado me despierta, y me dice que no hay tanto por lo que sufrir.

No hace mucho, y en sí toda una vida, esa mano que esperaba se enlazó en la mía. Y no me pide que sea adulta o sea niña. Me pide que sea quien soy. No me juzga por tener miedo, pero espera que les plante cara y no me amedrente. No me impide llorar aunque espera que busque consuelo en él. Es el autor de mis sonrisas y de que al fin tenga un sitio al que pueda llamar hogar. 

Siempre he huido de mis miedos, abrigada por la llantina y el desconsuelo, partiendo a lo conocido aun siendo extraño y miserable. Hoy en cambio me prometo empezar una aventura hacia lo imposible, donde no siempre las sonrisas nos acompañan, pero sí quien pueda abrazarme y consolarme.

Sé que no va a ser fácil. Las cosas importantes nunca lo son. Pero, indudablemente, es el mayor deseo que puedo formular: 

Ser felices, juntos, para siempre.

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