Una vez
Una vez, y tan solo una. Fue una tontería pero así fue. Y hay cosas, que no podemos cambiar ni deben ser cambiadas.
Una vez, le dije que sonreía demasiado. Moviéndonos entre la fugacidad de los besos robados y lo etéreo del rubor al ser pillado mirando al otro. Una vez pensé que era así, de esas personas que tienen inerte el gesto e inmutable se presentan con un inmejorable ademán.
Una vez creí que esas sonrisas no tenían remitente, sino que eran meros acompañamientos a un baile temprano. Creí, erróneamente, que la felicidad era un estado y no la eclosión de una estación albergando el inicio del otoño.
Una vez creí algo sumamente erróneo, y su sonrisa se apagó.
Quizás no fue tan sencillo como pulsar un interruptor. La sonrisa seguía ahí salvo que su sombra alargada parpadeaba, no era brillante, no chisporroteaba. La sonrisa se extinguía y con ella la mía propia, en sí joven e inexperta, gateando hacia las manos que él gracilmente me extendía. Una vez me tropecé con mis propias palabras, por creer algo que mis miedos alimentaban.
Así que empecé a creer. Pues siempre se puede errar una vez, pero no dos. No sobre algo así. Y quise sonreír por los dos. Querría creer que mis motivos no eran egoístas, pero nada es más hermoso y cálido que verle sonreír.
Pero aquello no bastaba con hacerlo una vez. Era una meta, la labor de toda una vida. Y así fue como una vez descubrí que de mayor querría ser hacedora de felicidad, su felicidad, y que todo empeño sería en la búsqueda de donde nacen sus sonrisas, en el surco de la comisura que no me hace falta mirar para besar. No, con él hay cosas que no pueden hacerse solo una vez y otras, que jamás deben repetirse.
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