Ocho años
Cuando era niña, vivía en un piso en otra ciudad. Era un lugar al que nunca conseguí llamar hogar. Pequeño, demasiado para tres personas. Siempre provocaba la necesidad de escapar.
Mi madre siempre quiso un lavavajillas. De dimensiones reducidas, suficiente para nosotros. Pero en cambio, siempre quedó el hueco, entre la lavadora y la pared. Un vacío.
Cuando sentía que el mundo era demasiado inmenso y me sentía perdida, me encogía y escondía; sintiendo los fríos baldosines a través de la ropa contra la piel. Con la mejilla apoyada sobre el tamborileante movimiento de la lavadora. Su traqueteo me adormecía y arrullaba.
Pasé más de diez años escondiéndome en aquel lugar. Donde me abría y buscaba a través de cortes no demasiado profundos para lo que deseaba alcanzar. Donde cegaba mis sentidos con todas las pastillas que, a tientas, lograba a encontrar. Donde era silenciada tras los gritos, tras los agarrones, presa del pánico, del amor negado.
Allí acudí por última vez el día en que Él se fue. Y fue la primera de muchas marchas. Un punto de inflexión ante el miedo al abandono. Ocho años atrás, me obligó a cambiar de escondrijo.
Y pensé durante un tiempo que la bebida serviría. O los besos ajenos. O incluso los problemas que la vida pudiese traerme, y yo pudiese controlar y solucionar con el tiempo. Pero ninguna evasión logró reparar una herida que a día de hoy no cierro.
A día de hoy, subo a la azotea, a pesar de este diluvio. Y ahora escribo calada, llorosa, con el temor de quien sabe de lo que es capaz y la seguridad de lo que no, para reconocerme nuevamente perdida, con la mano alzada, esperando la ayuda eternamente negada.
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