El barco de Teseo

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¿Dónde reside la matriz de las posibilidades? ¿ Dónde se engendran las ilusiones y bajo qué cobijo?. Si bien es cierto que antaño todos teníamos un padre y una madre y de dicha unión nosotros emergíamos, ahora somos entes que nacemos bajo un árbol cuya copa  no da sombra, cuyo ramaje se retuerce y crea formas difusas que evocan abrazos a la par que pesadillas.
No, la ilusión puede no tener padres y a la vez siempre habrá dedos culpables. Una constante negación sobre de dónde vino aquel paradigma bajo el sino de tornar en decepción.

Treinta años, treinta años inventando posibilidades y tropezando con las expectativas. Tres décadas repitiendo errores, intentando no salirme de los márgenes al colorear un paisaje plagado de nubarrones. Seis lustros queriendo que las cosas fuesen de forma diferente.

¿Hasta que punto podemos volver atrás y desdibujar el patrón que parece prefijado para nosotros? Esa pregunta no la hago yo, sino una niña de clama por su madre en la oscuridad, en un silencio que teme romper. Esa niña que me mira con los mismos ojos que tengo yo ahora, y cuya voz sigue clavada en mi garganta, añorando lo que nunca terminó por llegar.

Treinta años me han traído orillas de cicatrices, que sedimentadas por mi cuerpo se tornan visibles y otras ocultas. Nada es ajeno a los ojos si miras con el alma, pero pocos desean ver más allá de donde su aliento abarca.

No llegaste sino que me hiciste embarcar. Tus jugadas eran dedos invisibles y aterciopelados que instaban a dejarse ganar. Pues la batalla siempre ha sido contra mí por mucho que me encarase a cuanto me pudieses decir. Y yo rabio, peleo, y maldigo. Y lloro. Lloro mucho y no hay mayor agravio en ello que el no saber a veces dejar de hacerlo. 
A las orillas del Sena me hablaste del barco de Teseo, sin saber que yo misma soy una embarcación que hace aguas y que precisa ser reparada antes de llegar a buen puerto. Pero yo me asusto y te pido que me rescates, aun siendo imposible, pero lo hago. Y tú vuelves a lanzarme las preguntas, a guiar mis pensamientos. Y no veo más allá de este mar cercado por el vidrio. No entiendo que yo misma decido si me ahogo o sobrevivo. Te pido que me salves de mi misma. Oh, ¿cómo has permitido que maltrate así nuestro tiempo juntos?. 

Soy el barco de Teseo, y cada día reparo nuevas partes y otras se resquebrajan, me chirría el alma que ya se hizo vieja ante lo vivido y quiere reír y recuperar la juventud perdida. Tengo los pulmones encharcados de las lágrimas que parecen colarse una y otra vez. Quizás deba hacerme sirena y aprender a sobrevivir aun las tempestades, nadando bajo la corriente del llanto y, de vez en cuando, permitiéndome salir a coger aire.

Soy el barco de Teseo, pero no soy de madera, sino de tinta, hueso y carne. Y eso es quizás más difícil de reparar cuando la dolencia no se encuentra en ninguna de esas partes. Se esconde entre las bisagras de las puertas que descolgué para no tener donde ocultarme, un lugar al que debo llamar hogar pero que se me antoja hostigado, ajeno, olvidado. Con mantas apolilladas por la ansiedad de falsos amores, como el que jamás debería negar una madre o el que te impones a creer que es y jamás fue. 

Soy el barco de Teseo y no quiero hundirme sino cruzar los siete mares. 

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