Armisticio intrínseco
No sabrías reconocer el amor aunque lo tuvieras delante. Sería esquivo y doloroso. Ese silencio incómodo cuando estás ante alguien que solo quiere pasar de largo y no saludar. Esa sensación de no pertenecer a nadie, ni siquiera a ti mismo. Y la pérdida de lo desconocido se aguijonea en los ojos y clama por salir.
Te repites esas palabras ante la distorsión de un espejo quebrado. No reconoces quien tienes delante, porque debería ser una cruel y macabra broma de que eso seas tú. No, debe haber más.
Es curioso, cómo nuestros sueños conforman una telaraña de la que no queremos escapar. Partiendo de que todos queremos ser felices. Sea cual sea nuestro placer, aunque dicha felicidad suponga destruirnos. La perseguimos, acechamos. Nos humillamos por ella. Rezamos a dioses ante la mínima esperanza de cualquier resquicio, de la más mera posibilidad de alcanzar el objetivo. Pero cada vez nos alejamos más.
Tejemos nuevas capas, nuevos niveles que nos alejan más y más de lo que de verdad ansiamos. ¿En qué momento empezó a ser tan difícil ser sinceros con nosotros mismos y admitir lo que de verdad queremos? La cobardía sabe agria, difícil de tragar, mientras decidimos que es mejor perder lo que queremos que exponernos, alzar la voz y ser honestos.
Pero...No, no te gusta hacerlo simple. Te has acostumbrado tanto a que duela, a sangrar por tus logros y llorar por tus pérdidas; ¿qué sentido puede tener una victoria carente de todo ello? ¿Acaso es algo que quisieras de verdad o solo un golpe de suerte? O, quizás...tan solo sea algo que no mereces, y que perdido ha llegado a tu puerta. Y tú te encierras con llave y escondes bajo las mantas. Porque si no te destroza a ti, tú lo harás con él. Siempre ha sido así, ¿por qué la historia iba a tener ahora otro final?.
A medio maquillar, camino de ninguna parte. Te pones excusas para faltar a citas con el destino emborronándolas con lágrimas tintadas en máscara de pestañas. Un desatino en sí, no saber a lo que renuncias pero sentir el peso de la pérdida en el pecho. Nuevas, y poco maduras, formas de hacerte daño. De renunciar a la felicidad y volver a caer bajo el peso de las mantas. Esa vieja sensación reconfortante que ha suplido lo que debería ser un abrazo. Salvo que a las mantas no les das la opción de negarse, de marchar. Beneficios mínimos sin riesgo alguno. No sabes bien cómo empezó, pero llevas lidiando con esta guerra en tu fuero interno más tiempo del que podrías soportar. Y aun cuando sigues lidiando con el mismo rival, solo pierdes tú.
Un zumbido lejano te saca de tu ensimismamiento. Ese parpadeo condicionante de felicidad. Miro la pantalla y solo veo decepción anticipada -dónde estás?-
En mi infierno personal.
1 comentarios
Te acusas y te juzgas de cobardía al mismo tiempo que, con un valor inusitado, desnudas tu mente y expones tu más íntima vulnerabilidad entre las líneas de un texto que parecen los barrotes de la cárcel a la que te condenas. ¡Desconcertante oxímoron!
ResponderEliminarYo, que me considero valiente, no sé si sería capaz de compartirme públicamente como tú lo haces en tus textos.
Es posible que todos los espejos estén quebrados. Cuando has conocido la verdad sobre la luz, sabes que todas las imágenes son ilusiones. Más difícil es cortar los hilos de los que penden nuestros sueños, para que nuestra idealizada autoimagen no nos encierre en un retrato que envejecerá cogiendo polvo en una habitación olvidada.
Pero, ¿por qué renunciar al amor o a la felicidad? Creo que amar bien vale el precio que imponen la incertidumbre y el sufrimiento.
Por experiencia, como alguien que ha tenido la ocasión de conocer, ganar y perder el verdadero amor, te recomendaría que no lo persigas como a una presa furtiva. Creo en el amor creador, que se crea con voluntad y consciencia. Creo en crear tu propio amor, el que te sostiene ante la inconmensurable soledad del universo. Y, como las aves, construir en tu corazón el nido que deje espacio para que otra persona pueda compartir contigo su soledad.
Pero no me tomes demasiado en serio, ni yo mismo lo hago. Sólo quería agradecerte tu valentía por abrir tu alma y compartirla con tanta belleza.
Encantado de haberte leído, seguiré atento a lo que escribas mientras sigo a la deriva por el tiempo y el espacio…
…"floating in a tin can".