Cruce de caminos.
No pedimos ser salvados. Pero aquella noche, entre el parpadeo de aquellas luces artificiales, y el susurro de la muchedumbre exaltada, exhalamos nuestro último aliento compartido.
Podría cerrar los ojos y señalar en el mapa de mi memoria el lugar certero, sin margen para el error, en el que tu corazón se detuvo y el mio latió por los dos.
Llovía pero los paraguas estaban en desuso. Eramos jóvenes y atolondrados, jugábamos a cogernos de la mano mientras nuestras rostros regaban nuestras ropas de la lluvia temprana de marzo. Los músicos callejeros ponían banda sonora a nuestras andanzas y peripecias. Nos creíamos amos y señores de nuestro presente abogando a la negativa de un pasado bastardo, viendo arder en papeleras de metal nuestro futuro.
Eramos el ocaso de nuestras posibilidades y, cerilla a cerilla, nos negábamos a ver anochecer.
Quise alzar la mano y gritar hasta que las palabras brotasen con un sentido más arraigado, hacerlas mías y darle otro significado, cambiar así lo sucedido y que tu rostro no se estuviese mojando complacido sobre el asfalto.
La epifanía de lo insano o cómo perderte sin habernos encontrado. ¿Sería una locura llorarte sin haberte amado? Pero era la idea, la percepción del iluso, la necesidad imperativa frente al abandono abnegado. Amarte habría sido demasiado fácil y por tanto, preferí no hacerlo. Quise complicar lo que creí eterno, y mientras cerrabas los ojos, comprendí la fugacidad de como un nosotros siempre se torna en un monosilábico yo, casi una interjección de duda o disculpa, el anticipo de una despedida nunca concedida.
Quise que fueses tú y no yo. Cambiar tu vacío por mi dolor. El egoísmo de las palabras no dichas frente a lo que ambos oímos del silencio. Quise cambiar mis lágrimas por tu risa. Quise que aquel semáforo dejase de parpadear sobre tu rostro, y todo se tornase añil, como los amaneceres cuando el sueño nos vencía.
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