Pensativamente digo...
Nunca he sido una persona en sí religiosa, pero, a veces, siento la necesidad de rezar.
Nunca he sido una persona fumadora, pero, a veces, siento la necesidad de exhalar mi aliento fundido en humo.
Nunca he volado, pero, a veces, siento la necesidad de expandir mis alas, como si pudiese sentirlas emerger de mi espalda, y precipitarme al vacío.
Hay abismos, en esta vida, a los que no estamos preparados a asomarnos. Pero lo hacemos, porque no somos capaces de afianzar nuestra felicidad. Necesitamos resquebrajar nuestros pilares, nuestras convicciones. Somos tóxicos para nuestra propia estabilidad, porque solo así, sabemos evolucionar y cambiar.
Dicen que lo importante no es disfrutar de la meta, sino del camino recorrido para lograrlo. Pero, ¿quién se plantea el disfrutar de las caídas, de los momentos de frustración, de las rodillas raspadas y del labio tembloroso?. No. Queremos el puto final del cuento sin tener que releer toda la historia. Somos los niños mimados de una generación a la que se le ha concedido todo. Y cegados por el deseo prostituimos nuestras convicciones por nuevos errores que nos alejan más de lo mundano, de una felicidad que no comprendemos.
Lo más sencillo, sería olvidar quienes somos y rehacernos aprendiendo de los errores. Pero nuestra capacidad de sentir está desgastada, desportillada.
Nuestro reflejo en las lunas de los callejones no son más que la distorsionada sonrisa que la vida nos devuelve. Somos adolescentes eternos llorando de madrugada, con el maquillaje por el rostro y el frío calando los huesos, piernas cansadas de un caminar que tan solo ha empezado.
No tenemos una guerra abierta, no hay nadie a quien llorar. Somos conformismo y a la vez hipócrita diversidad. Queremos que las cosas mejoren, y a la vez nos asusta el cambio.
Pero saboteo mis logros, rehago mis pisadas y elijo otros caminos. Y es que somos conquistadores de tierras prometidas, pero no sabemos luego que hacer con todas sus riquezas y placeres. Nos ahogamos sin tener directrices a seguir, sin una mano amiga que nos guíe, sin una voz que susurre que todo irá bien.
Nunca he sido una escritora, pero escribo. Y siento. Y sueño. Y me despierto. Y se que el día ha valido la pena cuando al descender a las profundidades de mi almohada con el pelo cepillado, fundida en el olor a limpio, el amanecer no parece tan mediocre, sigue teniendo esos tintes rosados y anaranjados que subrayan la posibilidad, la posibilidad de ser esa persona y, a pesar de todo, no dejar de ser yo.
1 comentarios
Espero que te inspire esperanza:
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