La ventana

by - 20:00

 Existe la creencia de que el miedo es una herramienta de supervivencia, una luz parpadeante que nos marca la salida cuando todo empieza a tambalearse. ¿Pero qué hacer cuando el miedo es la propia deconstrucción de nuestro mundo y nosotros solo tiramos contantemente de la palanca que acciona su final?

No sé las veces que he aceptado el camino incorrecto como el más seguro. Seguro en el sentido de que si yo misma elegía los monstruos con los que batallar, sería menor el nivel de daño potencial. Por que ¿qué podría salir mal, si había ganado al villano principal de mi historia? 

Y así comenzó una retahíla de malas decisiones que atracaron, y saquearon, a sus expensas mientras yo me limitaba a mirar. Salvo que no miraba sin más. Ya conocía el miedo, la inseguridad, el dolor infligido... pero aquello era nuevo y lo clasifiqué como una excentricidad mía, la urgencia siendo patente en una exhalación. Emanando con brusquedad desde donde te dicen que está tu corazón, pero tú lo único que notas es un estertor que abandona tu cuerpo pidiendo ayuda. ¿Ayuda? ¿Ayuda por qué? Todo está en control, todo va según lo esperado. 

El amor. Te dices que al amor solo es un cuento fantasioso y edulcorado con el que nos condicionan y mueven. No es real, su ausencia no puede herirte, su necesidad solo puede destruirte. Así que aceptas lo que te dan, a sabiendas de que no es lo que claman, pero tampoco difiere de lo que tú puedas merecer. 

Porque las personas buenas tienen lo que merecen. ¿Verdad?

Te acuestas llorando. En silencio. No está permitido llorar en casa, no tienes motivos para hacerlo. Él ya no está. Él era la sombra que acechaba y ahora los días se han vuelto claros y soleados. Salvo que no quieres salir de casa, de tu habitación, de la cama.

Vas de cama en cama, no es la tuya, no importa demasiado. Te piden amor, pero no sabes dar algo que no has recibido. Así que finges, finges por miedo, miedo a las represalias, miedo a ver la mirada de decepción que ha dictaminado tu paso en la vida desde la cuna. 

Miras la pared, miras la ventana. Siempre el mismo patrón, hasta el punto en que te preguntas cuándo empezaste a hacerlo. No les miras a ellos, estás asustada, pero recuerdas que tú tienes el control. Tú decidiste estar ahí y decides a la vez no estarlo. No notas sus manos, no notas su invasión en tu cuerpo. Solo esperas jamás quedarte embarazada para que no puedan retenerte a su lado. 

A veces son gentiles, esperando que te enamores de ellos, que te tornes lo que ellos creyeron ver en ti al principio. Luego surge la rabia, el enfado y la destrucción. Ven el vacío, pero el abismo no les devuelve la mirada, solamente sigue mirando a la pared esperando que todo pase. 

A veces, a veces son bruscos y egoístas, y el cuerpo, aunque supiste no notar nada en el momento, te duele durante días. Y te haces daño, cubres el dolor con tu propio maltrato, tapando la herida, apropiándote del momento. 

A veces, te engañan y te dejas engañar. Y permaneces tendida con miedo a moverte mientras suena una canción que antes amabas y engañosamente te repite que nada va a herirte....


Y un día, un día aparece la ensoñación de la que os llevo años escribiendo.

Oxímoron no tiene los ojos azules, pero si una mirada que ve más allá de todos mis subterfugios. Es un gigante alado que promete acercarme al sol y que no nos quemaremos. Es un pendenciero de puños ensangrentados que jamás ha perdido los modales conmigo. Es el padre que querría haber tenido, el amigo  en quien me gustaría haber confiado, el hombre para el que en su momento fui concebida.

¿Entonces, por qué tengo más miedo que nunca? Miedo de no saber corresponder, de no saber sonreír, de no encontrar la palabra acertada, de no llegar a amar, de mirar la ventana.

Miedo de mirar sus ojos tarde, y que mi Oxímoron se haya convertido en una sombra fugaz que me deje atrás, que solo conforme un ramo de rosas marchitas a las que llorar.


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