Las horas anaranjadas

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 Había comenzado a coger la costumbre de dejar la persiana de la ventana levemente sin bajar. Una mera rendija, suficiente como para dejar pasar la luz anaranjada de las farolas cercanas a la terraza.

Hacía escasas semanas que ella dormía en su casa. Escasos días que él le había comprado un cepillo de dientes, que en sus ausencias y en sus permanencias, bailaba en un vaso con el de él. 

Él no cuestionaba las decisiones de ella, dejaba que todo tomase forma, que ella misma contara la historia que en su mente ya era una realidad. Se mostraba paciente, que no dócil, sabía entreleer las líneas de ella y escribir en sus márgenes. Ella era consciente de cómo su  mundo se expandía, de cómo quizás si bien no crecía tal y como podía sentirse, sus pies cada vez estaban más lejanos al suelo y el miedo a caer no hacía presencia.

Ella no dormía. Bueno, algo sí dormía, pero era tan efímero que empezaba a preguntarse si aquel mes pasado había sido el fruto de micro-ensoñaciones y deseos truncados desde la más tierna infancia. Había empezado a quedarse a dormir en casa de él, y allí, tendida en una cama que olía a ambos, no había paz. El insomnio traía consigo nerviosismo. El calor sucedía al frío e incluso convergían. Su cerebro se llenaba de posibles proyectos, cuadros por pintar, retales por coser, palabras que concatenar en la fútil búsqueda de plasmar el esperpento vigílico del cual era prisionera. 

Así pues, supo lo que tenía que hacer. Era sencillo, no delataría sus intenciones ni conduciría a una posible discusión. Sencillamente dejaba un palmo subida la persiana, y tras ello, ambos se metían en el algodonoso nido y fundían sus cuerpos en abrazos y besos, susurrando promesas que serían plenamente cumplidas. De eso jamás habría duda. Y cuando él se rindiera a los brazos de Morfeo, para abandonar los de ella, ella simplemente esperaría al sueño mirándole dormir. Y qué espectáculo era aquel. Su rostro se mostraba relajado, más joven, feliz quizás del invitado nocturno que yacía a su lado. Irradiaba calidez y ella sentía su cuerpo ceder, como siempre que chocaban sus sentidos con los de él, y ambos se entregaban al torrente de emociones y suspiros que conjuraban.

Ella le miraba y el malestar parecía algo más lejano. No nos equivoquemos, no había milagro, el sueño tardaba en llegar...pero mientras llegaba ella se sentía segura, se sentía querida y quería con intensidad, reflexionaba y se sentía agradecida. En aquellas horas a solas y a la vez con él, siempre sentía que confirmaba cada paso, cada palabra, cada elección. Todo el camino  recorrido era validado, toda herida y pensamiento infectado. Todo lo que ella había sido era necesario para en ese instante ambos ser. Y cuando lo comprendía, se permitía volver a aquella cama, a aquel momento. Se ovillaba a su lado y entrecerraba los ojos, y lo poco que pudiera dormir, lo dormía, dormían y soñaban juntos.



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