Relato 2: Exilio animal.

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Imagen cedida por José Luis Centellas

Nadie me pregunto. No es que esperaba que lo hiciesen. De hecho sería bastante agradable. Pero nadie lo hizo. La constancia del tiempo me hizo dejar de esperar, y finalmente..olvidé como hablar.

Los días son demasiado comunes. El frío siempre da paso al calor.Y yo, con el paso del tiempo, solo puedo notar como el latido de mi pulso se debilita, mientras soy el objeto de las muecas y miradas ajenas, un despojo lanzado a una cárcel sin barrotes. Soy un ser al que no puedes tratar humanamente porque no está en mi condición.

El arrullo del pequeño riachuelo nunca cesa, como si meciese el vaivén de personas que colindan cuanto puedo ver. Siempre las mismas huellas sobre la arena, protegiéndome de una libertad que es ya imposible ansiar.

Pero mira, detente, una mano amiga que se acerca. Es pequeña, sus dedos son ínfimos brotes de candor y nadie se fija en que ha saltado la norma y se acerca a la bestia. Ella ve. Ella me escucha.
Sus ojos se ponen en mi, y ambos comprendemos esa sabiduría infinita y primitiva. Algo que solo su inocencia es capaz de despertar y atisbar. Quiere sacarme de allí. No logra comprender qué puedo hacer allí, lejos de praderas dibujadas en su mente con colores imposibles, donde el sol siempre es gentil.

Me hace querer sonreír de un modo que es humanamente imposible. Me hace recordar, respirar, anhelar. Me trae calma y paz. Y aunque solo sea por ese instante, puedo sentir que en verdad, alguien ha reparado en mi, y en la sombra de la cerca que rodea mi pesar.

Oí que la llamaban Julia, y bramí en respuesta, como si quisiese con ello presentarme, acercándome al abismo de lo imposible. Ese día hice una amiga.

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