I

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Tenía el pelo despeinado como si fuera una pobre huérfana salida de una obra de Dickens. Que al hablar sus manos acabaran revolviendo, una y otra vez, aquel amasijo de cabellos cobrizos, era solo la guinda del pastel .



Habían subido aquel ascensor en silencio, mirándose intermitentemente, mientras se alzaban en aquella prisión de ladrillo y acero. Sus ojos verdosos, implacables en curiosidad, estudiaban las posición de él, tratando de descifrar todo aquello que su garganta reprimía. Tenía sendas manos aprisionando la baranda de acero, que rodeaba los espejos que cubrían las paredes, con los nudillos blanquecinos por la presión ejercida y el cuerpo colgando hacia ella. Veía su pecho hincharse con profundidad, controlando cada respiración, exhalando su aliento de forma tan íntima, que todo el ascensor olía a él.  Y eso a ella le turbaba.

Horas antes, se había prometido a sí misma, aún estando en su habitación, que todo quedaría en un mero café. Sería cortés, pero distante.Habían escogido un lugar público, una de esas cafeterías con terraza exterior de metal. Haría frío y sería incómodo. Se despedirían rápido y todo habría quedado ahí. Pero él se había negado a sentarse si quiera, argumentando que ella no sabía sobrellevar las bajas temperaturas. Se había acordado y eso a ella le había confundido.

Habían terminado en el interior de un pequeño y acogedor café. No eran flemáticas ni glaciares sillas, sino un acolchado asiento con forma de sofás paralelos, alrededor de una mesa de madera maltratada que se antojaba rugosa ante la yema de sus dedos. El espacio era tan reducido que las piernas de él acogían las de ella.



-¿Seguís teniendo frío?- preguntó él con un tono más agudo de lo que para ella era costumbre. Porque se había acostumbrado demasiado pronto a su voz, a necesitar escucharla y responder ante ella.


Ella negó con la cabeza, azorada y sintiendo como su cuerpo se ablandaba y curvaba sobre el asiento de cuero. Habían pedido algo de beber, de forma impersonal, si no fuese por las pequeñas extravagancias que le rodeaban, y que le hacían ser como era. Cuando el camarero les trajo el café americano -para él- y el té rojo con la rodaja de limón flotando-para ella-, él sonrió. Ella no esperaba aquel ataque tan visual. Esa sonrisa fortuita hizo que tomara la taza, de tamaño considerable, entre sus manos. Entrelazaba el calor que emanaba de esta, reposando la taza contra su boca aceptando el calor aún sin beberlo.

- Hasta para eso eres curiosa- aseveró él, como si aquella apreciación no pudiera ser desapercibida. Movía la cucharilla removiendo aquel pequeño vasito de café sin endulzar, mientras su ceja se arqueaba y sonreía para sí.

Ella temblaba en su interior, contraria a la impasibilidad que proyectaba en su exterior. Pero él buscaba sus ojos, fiera y furtivamente, sabedor de la tempestad que escondía tras aquella taza.

- Quiero morderte los labios tan fuerte que no tengas que refugiarte en ningún otro sitio o taza. -susurró roncamente pero de forma decisiva, sin miramiento alguno, sin margen para que ella retirase la mirada.

Y ahora el ascensor subía.


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1 comentarios

  1. Sentí las vaharadas del haliento y el té rojo; sentí el pulso hinchado en el pecho y la textura de la mesa. Sentí el desenso y la subida. Admiro tus letras Katharma. Gracias por esta nueva entrega.

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