Manos
Siempre había tenido una mente peculiar. No sabía bien si se debía al devenir de situaciones atípicas que habían azotado su vida, como olas erosionando y dando forma a su paso. Y en su fuero interno, se detenía a acariciar
la rugosidad punzante de su mente, un entorno que incluso se había vuelto hostil para ella. En esos momentos lloraba queriendo abrazar a su niña interna y protegerla...sin saber que jamás había dejado de ser esa niña, solo se había calzado zapatos diferentes.
Su vida adulta se medía por una sucesión de amantes y no de logros personales. No es que no hubiera conquistado ciertos aspectos de su temprana madurez, sino que en su memoria no se tornaban tan relevantes. Mediocres trabajos, mediocres estudios, mediocres (y pasajeras) amistades. Y al final solo era capaz de recordar dónde había estado en función de la mano que había cogido. Manos esquivas, manos distantes, manos de nudillos tensos y blanquecinos, manos sueltas, manos de las que huir.
Ya de niña, había sido problemática. Se recordaba a sí misma en ese piso pequeño y helado, llamando desconsolada a su madre. Y aquel ruego acuoso se había quedado remanente en su pecho, haciendo eco una y otra vez. Nunca había sido capaz de callarlo.
No es de extrañar que la niña conflictiva se tornase en una adolescente difícil. Y con ello, que la terapia y la medicación se volvieran una constante, una pesada manta que cubriría su cuerpo, sus párpados, su mente. Y a ciegas bajo ese pesado manto, empezaba su vida adulta, con decisiones como qué profesión elegir o con quien querer acostarse. Cómo saber qué se quiere ser de mayor cuando uno mismo no se ve reflejado más que como un infante. Cómo entender lo que es acostarse con alguien cuando solo quieres robar unos minutos de cariño a expensas de la entrega y renuncia que supone. Así que cuando veía que el amor prometido no llegaba, solo ladeaba el rostro a la espera de no sentir aquello que certeramente sabía que no era amor, sino la acritud hecha besos, caricias que eran demandantes e instigadoras, manos de tacto desconocido que te disponían y colocaban a su placer, cual muñeca inerte cuya única función es sonreír.
Y esa muñeca, remendada y envenenada, debía convertirse en un adulto funcional. Debía hacer muchas cosas, alcanzar grandes hitos, y con premura, pues debía recuperar todo el tiempo que había perdido desviándose de ser normal. Una normalidad que desconocía, pero que tampoco anhelaba. No sentía envidia de esas vidas, solamente anhelaba algo, ese eterno eco que vibraba y palpitaba en su interior clamando por el cariño no dado.
Creyó encontrar ese amor en un nuevo desconocido. Sus manos se mantenían cercanas a las de ella, desenmarañaban telarañas, nudos de lo que antaño fue la manta que la cubría y ahora solo era una crisálida para la que no estaba preparada a salir. No habían alas, seguía siendo una niña a medio hacer incapaz de caminar por sí misma. Él la examinaba buscando sus heridas y besando cada golpe, amortiguando cada reincidencia. Ella se deshacía en sus manos, él quería que ella corriese, ella apenas se tendía en pie. No sabían encontrar un punto intermedio. Él se desesperaba, ella lloraba, él comenzaba a odiar su llanto. Él se alejaba y ella le seguía, hasta que él volaba y ella le veía alejarse. Él volvía, capaz de lidiar una nueva batalla contra aquellos demonios, y ella se ilusionaba y volvía a dejar que aquellas manos se aferrasen a ella. Manos que le desnudaban, manos que ahondaban en su cuerpo, manos que pasaban a ser sus propias manos y que en aquella inmensidad ambos se volvían infinitos. Pero entonces destapaban nuevas heridas, como un devenir constante de infortunios, y él la miraba, consciente de la causa perdida, del cuerpo corrupto, de la necedad de sus sentimientos. Y las manos se alejaban, las manos ya no le llamaban, el vacío se hacía mayor, el eco percutía su pecho clamando por él, solo por él.
Creyó encontrar el amor y cuando lo supo....supo también que no podría retenerlo, que lo había perdido incluso antes de encontrarlo, que el amor de su vida solo serían sesenta y cinco oníricos días. Quizás menos incluso. Quizás sencillamente todo había sido una dulce mentira que ambos se permitieron creer.

1 comentarios
Nada más cruel que una mano que acaricia cuando desgarra
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