Verano de 2018

by - 15:38


 Reproducir: Nothing is gonna hurt you baby - Cigarettes after sex


Yacía inerte en un sofá del que no recuerdo su color, su olor o si siquiera era cómodo. 

Yacía inmóvil mientras escuchaba una canción que amaba y creía especial, una canción que siempre me había brindado protección, y me dolía respirar. Me asfixiaba el aire ajeno en aquella estancia mientras un desconocido se duchaba en la habitación anexa. 

Tenía los miembros pesados y la ropa húmeda. Había llegado al límite del dolor y solo me dejaba flotar a la deriva. Dicen que la locura es repetir varias veces el mismo acto esperando un resultado diferente. Supongo que algo había cambiado, pero no lo suficiente. 


El día anterior había sido un viernes de julio tórrido y seco. Trabajaba con acceso a una piscina y eso, aunque parezca inconexo, había acabado derivando en una cita aquella misma tarde, con un desconocido online. 

Siempre he sido precavida, me he priorizado y tomado mis tiempos. También he sido tachada de egoísta, de narcisista, de infantil. Así que quise dejar de desaprovechar oportunidades y no tener miedo a vivir. No negarme a lo desconocido iba a conducirme al mayor tiempo que he pasado diciendo que “no”. 

Así que opté por ropa cómoda, nada provocativo, y un bañador de estampado infantil. Si le gustaba tendría que ser por quien era yo, no había margen para el error. 

 No recuerdo su cara, no recuerdo su voz…aunque sí le reconocería cuando meses más tarde me dijo en un autobús que le gustaría repetir lo de aquel viernes.

Recuerdo el miedo, la constante negativa, que me desnudaran… cuando jamás un hombre me había desnudado, siempre habían esperado que yo lo hiciera. Recuerdo los ladridos al otro lado de la puerta, recuerdo ladear el rostro hacia la ventana y llorar mientras se me atascaban todas las negativas que podía proferir. Recuerdo la brevedad y aún así su sonrisa. Recuerdo cómo tan rápido recuperé mi ropa él me empujó a la salida y que en breves minutos entraba sola en el metro, ante su mirada a mis espaldas, como si temiera que hiciera algo. 

Recuerdo el sentarme perdida y pedir ayuda al único amigo que me cogió la llamada. Pero culpabilizada y amonestada llegaba a mi parada. Ya no lloraba, yo lo había provocado, yo no había sabido manejarlo, yo podía enterrarlo hondo en mi cementerio de errores personales y negar que algo así pasara. 

Llegue a mi cama, y aún en bañador me zambullí entre las sábanas, a tiempo de ver un mensaje. Nuevo rostro, nuevas oportunidades, quizás la cabeza del lapicero afilado, presto a borrar lo recientemente vivido. 

Hablar de trivialidades, quedar para ir al teatro. Pasar a recogerle, porque eres fuerte y feminista, una mujer empoderada. Tener cinco minutos de conversación y volver a caer por la madriguera de conejo, mientras sus manos tratan de hurgar dónde jamás han sido invitadas . Le paras, pero él quiere continuar. Quiere acabar. No te deja opción, no hay escapatoria. Y se derrama contra tu ropa, marcándote, cosificándote, denigrandote. No hay cabida para el amor, simplemente te quita cosas, cosas que no sabias que debías proteger. 

Te limpias como puedes en la cocina mientras él se ducha. Ha puesto un vinilo y esa música duele tanto que sientes que jamas olvidarás las últimas 48h. 

Te tiendes inerte, a la espera. La puerta está cerrada con llave, pero no sabes dónde están estas. No hay perros ladrando, pero tampoco sientes que haya escapatoria. Así que esperas, húmeda y sin darte permiso a llorar. 

No recuerdo cuánto tiempo pasó hasta que me permití el poder llorar…


You May Also Like

1 comentarios